miércoles, 20 de julio de 2011

El Perdón que nos libera: Un proceso en 7 etapas.



Cómo perdonar a aquellos que nos han decepcionado, traicionado o herido?

Gabrielle Rubin y Nicole Fabre, son dos psicoanalistas francesas que han publicado sendos libros sobre este tema ("Du bon usage de la haine et du pardon" y  "Les Paradoxes du pardon")


Los desarrollos que allí proponen, permiten identificar un proceso posible que se desarrolla en 7 etapas:




1- Decidirse conscientemente a dejar de sufrir.
2- Reconocer que la afrenta existe.
3- Expresar el enojo.
4- Dejar de sentirse culpable.
5- Comprender a aquel/aquella que nos ha herido.
6- Darse tiempo.
7- Recuperar el protagonismo en nuestra propia vida.

Hay perdones, y Perdones.


Existen los perdones comunes, aquellos que se otorgan mediante una palabra o un gesto de más.


Y están los Perdones Extraordinarios aquellos que nos cuesta tanto conceder luego de haber sido heridos en lo más profundo de nosotros mismos...  Perdonar a un padre verdugo, a un atacante, a alguien que nos ha defraudado, al  conductor que se ha llevado por delante  uno de nuestros seres queridos. Se trata de un  viaje interior que puede ser largo y exigente, difícil de desear emprender recorrer.
Para algunos, perdonar es un acto de coraje, para otros, una confesión de debilidad, cuando 
la situación en la que estamos parece no dejarnos otro camino que "preferir la venganza", es muy difícil que lleguemos a poder conceder el perdón. 
Todas las víctimas que han perdonado están de acuerdo en decir que tal trámite los ha liberado, que inclusive les ha insuflado una nueva energía a sus vidas. Porque el perdón sirve ante todo para liberarse a sí mismo.
Ya sea que lo solicitemos o lo concedamos, es el fruto de un verdadero trabajo sobre nosotros mismos cuyo resultado permanece sin embargo incierto: es posible llegar a perdonar sinceramente a alguien sin forzosamente llegar a comunicárselo ya que el  proceso se opera a partir de nuestra toma de consciencia.


Que el proceso tenga éxito depende más de la manera en que lo hayamos experimentado, que de lo que haga el otro que ha sido perdonado, en consecuencia.
No somos todos iguales en relación al perdón. Dos niños abandonados no tendrán necesariamente el mismo destino.  Uno podrá tomar la vida como un combate, el otro como una lucha perdida desde el comienzo. Tal vez habrán perdonado a sus padres, tal vez no. Cada historia es singular y existen tanto perdones como víctimas.
A pesar de todas estás viscisitudes, estas psicoanalistas han abordado ampliamente esta cuestión para tratar de de identificar las grandes etapas que jalonan el camino del perdón. 
Veamos cuales son:
1)   Decidirse conscientemente a dejar de sufrir.
Si  la ofensa o agresión no cesa, ningún proceso de perdón puede desencadenarse. 
¿Pero cómo hacer para ponerle un término?   De cara al culpable – un amigo que ha traicionado su palabra, una pareja que nos ha traicionado, por ejemplo-  la víctima puede bloquearse y quedar paralizada por el sufrimiento.
La primera etapa consiste entonces en decidirse a dejar de sufrir, a salir de la escalada de violencia. Salirse del campo y poner cierta distancia entre nosotros y el responsable de nuestro dolor psíquico. En los casos particularmente graves, aquellos en los cuales nuestra integridad psíquica o física está en juego, a veces, una demanda en la justicia puede ser el único modo de atravesar esta primera etapa y de poner al culpable de cara a sus responsabilidades. Perdonar a un agresor no impide encarar una demanda judicial, tal como lo ha escrito la filósofa Simone Weil, « no podemos perdonar más que a aquel que podemos castigar” . La justicia, ejercida en el nombre de la sociedad, objetiva la falta, reconoce la herida y designa al culpable, pero la única que puede perdonar es la víctima .
2)   Reconocer que la afrenta existe.
El pasado no se borra. Es inútil tratar de olvidar una ofensa. Ese mecanismo de defensa entierra el sufrimiento, el odio y el rencor en alguna parte del inconsciente desde donde su fuerza destructiva sigue operando con incluso más violencia.  Reconocer al agresor como culpable de una falta, es desde el vamos  una necesidad para que podamos vivir. Eso permite –dice  la psicoanalista Gabrielle Rubin, “devolver la culpabilidad al agresor y de esta manera poder recuperar un vínculo con nosotros mismos”, lo cual además contribuirá a evitar el  desarrollo de enfermedades psicosomáticas o conductas repetitivas de fracaso.

3)   Expresar el enojo.
Para perdonar, la víctima debe “aceptar a su verdugo”, es decir reconocer su sufrimiento y dejar que este salga a la luz.  La agresividad, el enojo, y hasta el odio, son útiles en un primer tiempo. Estas conductas afectivas son signo de buena salud psíquica, signo de que la víctima no niega lo que ha ocurrido y tampoco carga la falta del agresor sobre si misma. Como explica Gabrielle Rubin, « el odio es un sentimiento muy violento, quisiéramos hacerlo desaparecer. Si  no podemos devolverlo sobre el agresor, solemos dirigirlo contra  nosotros mismos”, a riesgo de desencadenar un proceso de autodestrucción.
Expresar directamente nuestro enojo, nuestro odio o nuestros reproches al agresor a veces es difícil de llevar cabo:  el culpable puede no reconocerse como tal, o ejercer una presión fuerte sobre la víctima como para que no se anime a afrontarlo. De la misma manera es posible hacer un trabajo de desapego dentro de nosotros mismos: escribir en un cuaderno todo lo que sentimos, abrirnos a alguna persona de confianza o consultar a un psicoterapeuta si la situación es demasiado dolorosa.
4)   Dejar de sentirse culpable.
La mayoría de las víctimas de una ofensa se sienten paradójicamente culpables de lo que les ha pasado. Intentar saber cuál es la parte de nosotros mismos que ha sido lastimada permite relativizar el sufrimiento que acompaña al hecho de haber sido heridos. ¿Es nuestro orgullo, nuestra reputación, nuestro honor, nuestra integridad psíquica?
Responder a esta pregunta puede ayudar a “disculparnos” es decir a reconocer que nuestra responsabilidad no está comprometida -precisa la psicoanalista Nicole Fabre. Se trata entonces de despegarnos de nuestro Yo Ideal, esa imagen fantaseada de nosotros mismos y salir de la letanía “es imperdonable que yo no haya podido actuar de otra manera”. En algunos casos dramáticos – violación, incesto u otras situaciones- perdonarnos a  nosotros mismos puede resultar inidispensable para seguir viviendo.
5)   Comprender a aquel que nos ha herido.
El odio y el resentimiento pueden ayudarnos a sobrevivir a una agresión. Pero a largo plazo, nos destruyen. Para librarse de ellos, es útil tratar de meterse en la piel del culpable. Es una manera de darle sentido al acto que nos ha hecho mal y de alguna medida, tornarlo “aceptable”. Comprender las motivaciones del culpable no es disculparlo sino reconocer sus debilidades. En este mismo sentido es que el filósofo Paul Ricœur nos instaba  a «no limitar un hombre a sus actos, no importa cuan monstruosos sean».

6)   Darse tiempo.

Perdonar es cualquier cosa menos “pasar un trapo” por encima de  lo que ha pasado.
Un perdón dado demasiado rápido no aliviará a nadie. Es aconsejable esperar que el perdón se imponga casi por el mismo, "dejar pasar el tiempo al mismo tiempo que uno mantiene una actitud pro-activa durante el proceso” -explica Nicole Fabre. Un perdón otorgado demasiado rápido puede ser percibido por el culpable como una absolución. Perdonar sin esta espera será un engaño para la víctima, que sentirá todavía resentimiento aunque sea de manera inconsciente. Y el peligro será una vez más, que esta ilusión de perdón se vuelva contra la persona herida.  

7)       Recuperar el protagonismo en nuestra propia vida.


¿Cómo saber si hemos verdaderamente perdonado? Cuando ya no sentimos más enojo, ni rencor al reencontramos con aquel que nos ha hecho sufrir. “Cuando todo sentimiento de culpabilidad por aquello que pasó ha desaparecido”-agrega Gabrielle Rubin- es que podemos considerar que lo hemos perdonado. Otro signo indudable de que el perdón ha sido otorgado es según  Nicole Fabre: « la recuperación de la actividad, que conduce al retorno de la movilidad en nuestra vida”.  

El perdón es a menudo un acto liberador en el cual el dolor se disuelve, un acto que permite que el ofendido recupere el protagonismo en su propia vida, la posibilidad de no estar más sometido, e incluso de volverse más fuerte. 

Para  Nicole Fabre, « perdonar es agrandarse, es hacer lugar en nosotros para recibir al otro. El verdadero camino de liberación es dar el paso que permite ir más allá del perdón”.  

Cuando estamos heridos y aprisionados en el resentimiento y el dolor, todas estas recetas
pueden parecer fáciles de escribir y difíciles de realizar. Si, es difícil, lo dijimos desde el comienzo.

Se trata de un camino que en ciertas circunstancias puede costarnos mucho llegar a emprender. Puede hacer falta ser acompañado terapéuticamente para lograr salir de la
trampa dolorosa en la que hemos quedado aprisionados. 


Esta descripción del perdón como un proceso en 7 etapas,  tiene la pretensión de ser tan sólo un mapa para orientarnos frente a una posible travesía.


Consultas: psicoarte.hoy@gmail.com